Hay escenas que son trozos de historias que aparecen desperdigadas en nuestro camino. Muchas
no ameritan reflexión alguna porque carecen de información, en otras sucede lo
contrario pero solemos ignorarlas. Así nos han educado.
Viaje en el tren. Tarea rutinaria. La escena me encuentra en un vagón y la protagonista es una chica que acaba de subir. Ambos estábamos en el espacio cuadrangular ubicado en los
accesos de las puertas, ese que descomprime al sofocante y angosto
pasillo. El sitio no estaba abarrotado pero éramos varias las personas de pie, la mayoría a lo largo del
pasillo a la espera de un lugar, y una minoría en aquel cuadrante, más interesados por el espacio propio que por abalanzarse sobre un asiento. La chica tenía harapos de clase media, piel clara y ojos
húmedos. Era joven pero su mirada cansada la avejentaba. Tras haberse asentado en frente de mí, apoyó
su mochila en el piso, comenzó una búsqueda y sacó un cigarrillo. El humo
empezó a invadirme, y si bien me molestaba, me compadecía de la aparente fragilidad. Yo no tenía deseos de perturbarla, pero la situación duró poco.
Una señora que pisaba los 60 años la irrumpió:
_“Acá no podés fumar, apagá el cigarrillo nena” Dijo firme. Sus ojos estaban resguardados tras unos grandes anteojos oscuros.
Su tono irritó a la chica, e intentó reusarse con la primera excusa que se le vino a la cabeza
_”En el tren fuma un motón de gente… señora”
Fue un error, a la mujer se le sumaron aliados que irrumpieron como fieras. La chica temblorosa y apaleada por el autoritarismo, cedió. Liquidó su orgullo dirigiéndose nuevamente a la señora:
_”Me lo hubiera pedido bien, yo no tengo problema en apagarlo, pero las cosas se pueden pedir de otra manera”
Se agachó y aplastó con delicadeza la punta de su cigarrillo contra el suelo, lo suficiente como para que éste se apague y pueda volver a usarse. Se irguió y su mirada húmeda y de agotamiento se posó en mi cara. Yo de re ojo, también me concentré en la suya. Pero ella no me miraba a mi, su mirada me atravesaba y su foco era el infinito.
Tendría la misma edad que yo, quizás uno o dos años más. ¿22, 23? ¿La conocía? No, nunca la había visto, pero mi empatía era volcánica.
En su rostro vi el espejo de una emoción que en ocasiones transité. ¿Nadie más en ese vagón salvo nosotros dos la había experimentado? Seguramente sí, pero tal vez en la mayoría de las personas, la capacidad de sentir se agota en la frontera de su propia piel y solo se extiende hacia la de sus más cercanos reciprocas.
Luego
de unos instantes, la chica desvió su mirada de mi, girando levemente su cabeza hacia la ventana. Sus cejas se fruncieron. Por unos segundos la que expresión de su rostro quedó congelada. ¿Que pensó?. Su motricidad se reanudó con una falsa y grotesca tos. Totalmente actuada y sin taparse la boca, como si se tratara de una
pequeña venganza, en un intento para volver a perturbar el viaje. Se inclinó para agarrar su mochila que yacía en la guarda de sus pies y la aferró contra su pecho. Con paso firme se decidió a cambiar
de vagón, casi empujando a las personas del pasillo. Se la perdió de vista
entre la gente, pero al cabo de unos instantes se la hoyó gritar desde el otro
extremo del vagón._“Acá no podés fumar, apagá el cigarrillo nena” Dijo firme. Sus ojos estaban resguardados tras unos grandes anteojos oscuros.
Su tono irritó a la chica, e intentó reusarse con la primera excusa que se le vino a la cabeza
_”En el tren fuma un motón de gente… señora”
Fue un error, a la mujer se le sumaron aliados que irrumpieron como fieras. La chica temblorosa y apaleada por el autoritarismo, cedió. Liquidó su orgullo dirigiéndose nuevamente a la señora:
_”Me lo hubiera pedido bien, yo no tengo problema en apagarlo, pero las cosas se pueden pedir de otra manera”
Se agachó y aplastó con delicadeza la punta de su cigarrillo contra el suelo, lo suficiente como para que éste se apague y pueda volver a usarse. Se irguió y su mirada húmeda y de agotamiento se posó en mi cara. Yo de re ojo, también me concentré en la suya. Pero ella no me miraba a mi, su mirada me atravesaba y su foco era el infinito.
Tendría la misma edad que yo, quizás uno o dos años más. ¿22, 23? ¿La conocía? No, nunca la había visto, pero mi empatía era volcánica.
En su rostro vi el espejo de una emoción que en ocasiones transité. ¿Nadie más en ese vagón salvo nosotros dos la había experimentado? Seguramente sí, pero tal vez en la mayoría de las personas, la capacidad de sentir se agota en la frontera de su propia piel y solo se extiende hacia la de sus más cercanos reciprocas.
_“¡No me digás nena! ¡Forra!”
La señora con la que había discutido, concluyo en un comentario para sus cercanos compañeros, que posaron su mirada en ella, esperando un veredicto. Con indiferencia expresó su reflexión total: _“Está loca”